sábado 29 de agosto de 2009
martes 25 de agosto de 2009
viernes 29 de agosto de 2008
DESCENSO I
No se trataba de uno de esos días de rutina en la comisaría de Madrid, se respiraba tensión en el aire. En su despacho, el comisario realizaba llamadas sin cesar bajo la atenta mirada de dos de sus mejores hombres.
─ Señor, si señor, lo que usted diga señor.
No era habitual ver al comisario, un hombre fondón y de muy mal carácter, tan servicial. Algo ocurría.
─ Vilas, localízame a Carter y tráigalo.
─ Pero señor…
─ Sin peros, no me joda.
Vilas no entendía nada, se consideraba a si mismo como el hombre de confianza del comisario, así al menos lo encumbraba su larga lista de casos resueltos. No entendía el porqué de llamar a alguien como Carter, sobretodo si se trataba de un caso gordo como parecía ser.
─ Y usted Castro. Café cargado pero de la cafetería de enfrente, que el de la máquina es una mierda.
─ Lo que usted diga, señor.
Rafael González, principal comisario de Madrid, se consideraba un hombre eficaz al menos hasta esa mañana. Habían recibido el aviso de un homicidio en extrañas circunstancias y especialmente dramático. Así que tenia a sus dos mejores agentes preparados para hacerse cargo, cuando una llamada del alcalde le hizo perder el norte.
¡Quería que Carter fuera el responsable de la investigación! De todos los agentes, tenia que elegir a Carter; agente suspendido indefinidamente y oveja negra, por así decirlo, de todo el gremio de detectives. ¿Por qué?
El comisario no entendía nada, pero sabía que tenía que obedecer. Le debía unos cuantos favores al alcalde y el homicidio era lo suficientemente escabroso como para llegar a salpicar a alguien que no quisiera colaborar.
En su humilde piso de la calle Guzmán el Bueno, Carter, Fran Carter acababa de despertarse y se dirigía somnoliento a fumar su primer pitillo de la mañana. “su desayuno” como así solía llamarle. No esperaba ningún tipo de visitas, así que le extrañó oír el timbre de la puerta.
─ ¿Vilas? ¿Qué coño haces tu aquí?
─ El jefe quiere verte. Así que vamos, te esperare mientras te vistes.
─ Vaya… así que ahora quiere verme. Pues dile que tengo cosas mejores que hacer como ver los dibujos animados.
─ Carter, no me jodas, que esto es importante. Han matado a alguien en Francisco de Asís y el jefe esta que trina.
Colegio San Francisco de Asís. Era uno de esos lugares de docencia donde se enseña a los niños de papá a seguir siendo niños de papá. ¿Qué podría haber pasado? Carter no entendía nada, pero lo cierto es que llevaba casi seis meses suspendido y esta podía ser su oportunidad. Solo una pregunta asaltaba su mente, ¿por qué él?
─ Vilas, ¿por qué yo?
─ No lo sé Carter. El viejo debe haberse vuelto loco.
─ Ya… espera aquí un momento, enseguida vuelvo.
En el rellano, Vilas oteaba el piso. Había restos de comida-basura por toda la mesa principal del salón, con al menos un par de ceniceros colmados de colillas. La televisión estaba encendida y todo parecía indicar que el inquilino pasaba las noches en el sofá.
─ Por Dios, como se podía responsabilizar a alguien como Carter de un caso ─ pensó Vilas.
Rafael González encendía el quinto cigarrillo de la mañana. Nervioso, descolgó el teléfono y gritando pedía su café.
─ El señor Castro todavía no ha vuelto, señor ─ respondía su secretaria.
Realmente lo que angustiaba a González, era volver a ver a Carter. Desde que le suspendió tenía esperanzas de no volver a verlo. Sabía que era bueno, si, tenía algo. No sabía bien el qué,pero podría haber sido de los mejores sino fuera por sus problemas con la autoridad y su incipiente alcoholismo.
Sí. Era sin duda el típico agente irresponsable que no acata órdenes y que acaba pringándose hasta el cuello. Así fue, hace hacía seis meses. Mientras pensaba en ello, González sacudía la ceniza de su rubio convulsivamente hasta acabar rompiéndolo.
─ ¡Mierda! ─ gritó.
En ese momento, Vilas llamaba a su puerta. González esperaba su café y no dudó en responder ─ adelante ─, por ello se sorprendió de ver a Vilas con Carter, le pilló desprevenido.
Carter caminaba con las manos en los bolsillos, seguro de si mismo.
─ Si le molesto puedo venir en otro momento, González.
Vilas miró a Carter sorprendido por su comentario. Se percató de que llamó al comisario por su apellido con gran regocijo. El comisario le miró frío como el hielo.
─ Vilas. Déjenos solos.
─ Si señor ─ obedeció Vilas saliendo ya por la puerta y esfumándose.
Carter pensó en si debería sentarse o seguir de pie. Parecía tener la sartén por el mango, sin embargo, no quería abusar de la situación. Claro que, no podía negar que estaba disfrutando. Sabía que González a pesar de su carácter, era un buen jefe y le respetaba. Así que permaneció de pie.
─ Usted dirá lo que se le ofrece, jefe.
─ Siéntese Carter.
Así lo hizo. Se sentó sin dejar de mirar fijamente a los ojos del comisario.
─ Antes de nada, quiero decirle que usted no me cae bien, Carter.
─ Ya, pero…─ interrumpió.
─ Cállese, ¿me oye?, cállese. No se le vuelva a ocurrir interrumpirme.
─ Si, señor.
─ De acuerdo. Como le decía, usted no me cae bien pero el alcalde le quiere en el caso. Me supongo que es por su trabajito del año pasado. Ahora bien, que algunos le consideren un héroe no significa nada para mí. ¿Entiende esto último Carter?.
Carter asintió cabizbajo.
─ Aquí somos un equipo y usted nunca ha comprendido el significado de E-Q-U-I-P-O ─ dijo deletreando y como queriendo dibujar las silabas en el aire ─. Además, ¡fíjese! ¿Cuántos años tiene? ¿Treinta?
Sin dejarle responder, González continúo con su perorata.
─ Esta usted hecho una piltrafa. ¡Aséese coño!. Madure Carter y cuídese un poco.
Carter hizo cierta mueca que pretendía ser sonrisa pero no se atrevió del todo a mostrarla, por obvias consecuencias. Y es que se estaba imaginando a su madre en distintas circunstancias pero con el mismo afán e idéntico debate. González continuó:
─ Como le decía, que el alcalde le quiera no significa que yo le quiera. Como policía es la deshonra de este departamento. Y bien ¿no dice nada?
Carter lacónico niega con la cabeza ─ Estoy totalmente de acuerdo con usted, señor ─.
─ El sarcasmo guárdeselo para sus amigos, Carter ─ dice mientras golpea la mesa con el puño cerrado.
─ Yo no soy su amigo, ¡soy su jefe!.
Con un movimiento, González empuja una placa de identificación a través del descompuesto escritorio.
─ Mi placa. Bien. ¿Y esto que significa?, ¿vuelvo a estar dentro?.
─ Vuelve a estar dentro Carter. Pero le recomiendo que no la joda esta vez Carter, porque la próxima no le salva ni el presidente de los putos Estados Unidos.
─ De acuerdo… jefe.
─ Todo esta previsto. Recoja su arma en balística, aún la están examinando ─ dice en tono suave ─ su compañera le dará todos los detalles.
─ ¿Mi compañera? Jefe, pero si yo no tengo compañera.
─ Ahora si Carter. ¿O tiene algo que objetar?.
─ No, no, no ─ dice mientras se levanta y se marcha.
En la sala adyacente, todo eran orejas inquietas por saber el desenlace. Nadie podía creer que readmitieran a Carter. Nuestro hombre era consciente de tal curiosidad, por ello nada más salir del despacho alardeó poniendo su placa a la vista, triunfal. Se oyeron algunos silbidos y aplausos aislados, pero se apagaron rápido por temor a una reprimenda.
Desde la esquina, Vilas miraba con rechazo a Carter al tiempo que recibía a Castro con un movimiento de cabeza.
─ Se lo han dado. ¿Te lo puedes creer?
Castro sostenía el café de González, cauto de que no se le cayera ni gota.
─ ¡Joder! Míralo. Seguro que no se lo cree ni él. Puto gilipollas.
─ Señor, si señor, lo que usted diga señor.
No era habitual ver al comisario, un hombre fondón y de muy mal carácter, tan servicial. Algo ocurría.
─ Vilas, localízame a Carter y tráigalo.
─ Pero señor…
─ Sin peros, no me joda.
Vilas no entendía nada, se consideraba a si mismo como el hombre de confianza del comisario, así al menos lo encumbraba su larga lista de casos resueltos. No entendía el porqué de llamar a alguien como Carter, sobretodo si se trataba de un caso gordo como parecía ser.
─ Y usted Castro. Café cargado pero de la cafetería de enfrente, que el de la máquina es una mierda.
─ Lo que usted diga, señor.
Rafael González, principal comisario de Madrid, se consideraba un hombre eficaz al menos hasta esa mañana. Habían recibido el aviso de un homicidio en extrañas circunstancias y especialmente dramático. Así que tenia a sus dos mejores agentes preparados para hacerse cargo, cuando una llamada del alcalde le hizo perder el norte.
¡Quería que Carter fuera el responsable de la investigación! De todos los agentes, tenia que elegir a Carter; agente suspendido indefinidamente y oveja negra, por así decirlo, de todo el gremio de detectives. ¿Por qué?
El comisario no entendía nada, pero sabía que tenía que obedecer. Le debía unos cuantos favores al alcalde y el homicidio era lo suficientemente escabroso como para llegar a salpicar a alguien que no quisiera colaborar.
En su humilde piso de la calle Guzmán el Bueno, Carter, Fran Carter acababa de despertarse y se dirigía somnoliento a fumar su primer pitillo de la mañana. “su desayuno” como así solía llamarle. No esperaba ningún tipo de visitas, así que le extrañó oír el timbre de la puerta.
─ ¿Vilas? ¿Qué coño haces tu aquí?
─ El jefe quiere verte. Así que vamos, te esperare mientras te vistes.
─ Vaya… así que ahora quiere verme. Pues dile que tengo cosas mejores que hacer como ver los dibujos animados.
─ Carter, no me jodas, que esto es importante. Han matado a alguien en Francisco de Asís y el jefe esta que trina.
Colegio San Francisco de Asís. Era uno de esos lugares de docencia donde se enseña a los niños de papá a seguir siendo niños de papá. ¿Qué podría haber pasado? Carter no entendía nada, pero lo cierto es que llevaba casi seis meses suspendido y esta podía ser su oportunidad. Solo una pregunta asaltaba su mente, ¿por qué él?
─ Vilas, ¿por qué yo?
─ No lo sé Carter. El viejo debe haberse vuelto loco.
─ Ya… espera aquí un momento, enseguida vuelvo.
En el rellano, Vilas oteaba el piso. Había restos de comida-basura por toda la mesa principal del salón, con al menos un par de ceniceros colmados de colillas. La televisión estaba encendida y todo parecía indicar que el inquilino pasaba las noches en el sofá.
─ Por Dios, como se podía responsabilizar a alguien como Carter de un caso ─ pensó Vilas.
Rafael González encendía el quinto cigarrillo de la mañana. Nervioso, descolgó el teléfono y gritando pedía su café.
─ El señor Castro todavía no ha vuelto, señor ─ respondía su secretaria.
Realmente lo que angustiaba a González, era volver a ver a Carter. Desde que le suspendió tenía esperanzas de no volver a verlo. Sabía que era bueno, si, tenía algo. No sabía bien el qué,pero podría haber sido de los mejores sino fuera por sus problemas con la autoridad y su incipiente alcoholismo.
Sí. Era sin duda el típico agente irresponsable que no acata órdenes y que acaba pringándose hasta el cuello. Así fue, hace hacía seis meses. Mientras pensaba en ello, González sacudía la ceniza de su rubio convulsivamente hasta acabar rompiéndolo.
─ ¡Mierda! ─ gritó.
En ese momento, Vilas llamaba a su puerta. González esperaba su café y no dudó en responder ─ adelante ─, por ello se sorprendió de ver a Vilas con Carter, le pilló desprevenido.
Carter caminaba con las manos en los bolsillos, seguro de si mismo.
─ Si le molesto puedo venir en otro momento, González.
Vilas miró a Carter sorprendido por su comentario. Se percató de que llamó al comisario por su apellido con gran regocijo. El comisario le miró frío como el hielo.
─ Vilas. Déjenos solos.
─ Si señor ─ obedeció Vilas saliendo ya por la puerta y esfumándose.
Carter pensó en si debería sentarse o seguir de pie. Parecía tener la sartén por el mango, sin embargo, no quería abusar de la situación. Claro que, no podía negar que estaba disfrutando. Sabía que González a pesar de su carácter, era un buen jefe y le respetaba. Así que permaneció de pie.
─ Usted dirá lo que se le ofrece, jefe.
─ Siéntese Carter.
Así lo hizo. Se sentó sin dejar de mirar fijamente a los ojos del comisario.
─ Antes de nada, quiero decirle que usted no me cae bien, Carter.
─ Ya, pero…─ interrumpió.
─ Cállese, ¿me oye?, cállese. No se le vuelva a ocurrir interrumpirme.
─ Si, señor.
─ De acuerdo. Como le decía, usted no me cae bien pero el alcalde le quiere en el caso. Me supongo que es por su trabajito del año pasado. Ahora bien, que algunos le consideren un héroe no significa nada para mí. ¿Entiende esto último Carter?.
Carter asintió cabizbajo.
─ Aquí somos un equipo y usted nunca ha comprendido el significado de E-Q-U-I-P-O ─ dijo deletreando y como queriendo dibujar las silabas en el aire ─. Además, ¡fíjese! ¿Cuántos años tiene? ¿Treinta?
Sin dejarle responder, González continúo con su perorata.
─ Esta usted hecho una piltrafa. ¡Aséese coño!. Madure Carter y cuídese un poco.
Carter hizo cierta mueca que pretendía ser sonrisa pero no se atrevió del todo a mostrarla, por obvias consecuencias. Y es que se estaba imaginando a su madre en distintas circunstancias pero con el mismo afán e idéntico debate. González continuó:
─ Como le decía, que el alcalde le quiera no significa que yo le quiera. Como policía es la deshonra de este departamento. Y bien ¿no dice nada?
Carter lacónico niega con la cabeza ─ Estoy totalmente de acuerdo con usted, señor ─.
─ El sarcasmo guárdeselo para sus amigos, Carter ─ dice mientras golpea la mesa con el puño cerrado.
─ Yo no soy su amigo, ¡soy su jefe!.
Con un movimiento, González empuja una placa de identificación a través del descompuesto escritorio.
─ Mi placa. Bien. ¿Y esto que significa?, ¿vuelvo a estar dentro?.
─ Vuelve a estar dentro Carter. Pero le recomiendo que no la joda esta vez Carter, porque la próxima no le salva ni el presidente de los putos Estados Unidos.
─ De acuerdo… jefe.
─ Todo esta previsto. Recoja su arma en balística, aún la están examinando ─ dice en tono suave ─ su compañera le dará todos los detalles.
─ ¿Mi compañera? Jefe, pero si yo no tengo compañera.
─ Ahora si Carter. ¿O tiene algo que objetar?.
─ No, no, no ─ dice mientras se levanta y se marcha.
En la sala adyacente, todo eran orejas inquietas por saber el desenlace. Nadie podía creer que readmitieran a Carter. Nuestro hombre era consciente de tal curiosidad, por ello nada más salir del despacho alardeó poniendo su placa a la vista, triunfal. Se oyeron algunos silbidos y aplausos aislados, pero se apagaron rápido por temor a una reprimenda.
Desde la esquina, Vilas miraba con rechazo a Carter al tiempo que recibía a Castro con un movimiento de cabeza.
─ Se lo han dado. ¿Te lo puedes creer?
Castro sostenía el café de González, cauto de que no se le cayera ni gota.
─ ¡Joder! Míralo. Seguro que no se lo cree ni él. Puto gilipollas.
DESCENSO II
Carter la miró con ojos de soslayo, sin duda era guapa pero eso no le impresionaba.
El trabajaba solo y su presencia no le era cómoda, le provocaba inseguridad.
Ambos se estrecharon las manos. Lo corriente sería dos besos en la mejilla pero una barrera infranqueable hacía que la presentación fuera formal, algo estrictamente profesional.
─ Hola, me llamo Ana Molina.
─ Yo soy Carter… Juan Carter. Tú puedes llamarme Carter.
─ He oído hablar mucho de ti, no se puede decir que tengas muy buena fama por aquí.
─ Ya, bueno. El jefe dijo que me informarías, ¿oye sabes llegar?, ¿te importaría llevarme? No te lo tomes a mal pero no me gusta hablar de mí.
─ Claro, vamos.
Ana intentaba con todas sus fuerzas ser cordial. “Así que éste o mas bien esto era el legendario Carter”. Se lo imaginaba mas guapo, mas alto incluso.
Sabía que no seria fácil intimar con él, era un hombre por lo que decían muy misterioso.
Su aspecto, por otro lado dejaba bastante que desear: tenía grandes ojeras, la ropa llena de arrugas y una barba incipiente de tres días (o incluso más).
El escenario del crimen era una orgía de flashs e incomprensión. Había demasiada gente preguntándose el porqué y el cómo.
La entrada de Ana y Carter fue ante todo, inadvertida.
─ ¿Quién demonios esta al mando? ─ dijo Carter.
─ Nadie respondió.
Aquello hacia pensar que la ingente masa de personas correteando histéricos de un lado a otro no eran mas que civiles. Era como una discoteca en su hora punta.
No había cosa que Carter odiara más que el desorden de personas arremolinadas. No había cosa que Carter odiara más que las discotecas.
─ Bien, si quieres ayudarme empieza por sacar a todos estos gilipollas de aquí ─ dijo dirigiéndose a Ana, servil respondió ─ de acuerdo ─.
─ Ah y otra cosa, quiero que vallen esto. No quiero ver aquí a nadie que no tenga placa.
En ese momento, un policía se acercó a Carter.
─ Lo lamento, no hemos podido evitar que se corriera la voz.
─ Comprendo. ¿Quienes son estos? ─ dijo despectivamente, señalando al reguero de hombres ahora reconducidos por Ana ─.
─ Padres y profesores. Acompáñenme, la policía científica ya esta de camino.
─ Bien, lléveme al pastel.
Mientras caminaba, Carter giró media cabeza y gritó: “Molina, tu ocúpate de lo dicho, luego te cuento”.
No pudo evitar sonreír. Ana lo miró con animadversión y pensó: ¿Quién se cree que es para darme órdenes?
Por primera vez en mucho tiempo, Carter volvía a sentirse seguro de sí mismo, le gustaba aquella sensación. Si, le gustaba mucho.
─ Agente Carter ─ dijo el que consideraba el oficial de mayor rango en aquella aula mientras le ofrecía la mano ─ acaban de informarnos de su llegada.
Carter estrechó su mano de forma autómata, ni muy débil ni muy fuerte y siempre mirando a los ojos tal y como le enseñó su padre.
─ ¿Puedo preguntarle dónde está su compañera?
─ Está intentando arreglar todo este barullo. ¿Por qué coño no han vallado esto?
Carter miró a su alrededor mientras esperaba la respuesta. Aquello estaba mas tranquilo, era una clase destinada a niños mas bien pequeños, había pinturas de cera y acuarelas así como los típicos juguetes pedagógicos con colores y ruidos.
─ Le sorprendería saber la influencia que tienen muchos de los padres. Los guardas dejaron correr la voz y ya vio el gallinero que se formó. Ahora, tendremos suerte si esto no se filtra a la prensa.
─ Ya… y bien ¿dónde está el muerto?
El policía surcó un medio círculo con su brazo a modo de torero invitando a Carter a observar el cadáver. Lo cierto, es que no era muy llamativo, en cualquier telediario matutino habría más violencia, aparentemente…
Se trataba de un hombre de mediana edad, tumbado boca abajo sobre una mesa redonda. Los signos de violencia se adivinaban por los folios teñidos de rojo adyacentes a su rostro. La pregunta de Carter era inevitable.
─ ¿De que murió exactamente?
─ Aun no lo sabemos, no podemos tocarlo hasta que llegue la científica.
Carter lo miró con desaprobación, en una de esas miradas que el mismo calificaría como atraviesa-almas. Intuyó que aquel policía no habría visto muchos cadáveres y que en su vida profesional esta mas acostumbrado a poner multas y soplarle al silbato.
La mirada atraviesa-almas para Carter era su principal baza para conocer a otro ser humano y confiaba más en ella que en los manuales.
─ ¿Ocurre algo agente? ─ dijo el policía ligeramente azorado ante el peso continuado de los ojos de Carter ─.
─ No, nada, nada. ¿Por qué no se relaja y va a tomarse un café? ─ dijo enfundándose los guantes de látex ─ y de paso me trae a mi uno, solo y con azúcar.
Ana llegaba ya. En el momento oportuno mientras el policía se iba a por el café, su equipo se quedó aturdido. ¡Qué carajo! pensó el hombre. El manda más, que se ocupe entonces él.
La miraba a través de la estela de polvos de talco, ciertamente era guapa.
─ Molina, será mejor que se ponga los guantes ─ sentenció Carter.
Ana asintió. Ambos se acercaron al cadáver.
─ Bueno, usted es la experta… no se corte.
Inmersa en su quehacer, no se molestó en contestar. Agarró con sumo cuidado la espesa cabellera del muerto y levantó su cabeza. Carter se acuclilló para examinar el rostro.
─ ¡Joder! ─ dijo mientras retrocedía sobresaltado, cayéndose sobre si.
El aula quedó en silencio unos segundos pero parecieron eternos. Los pocos allí presentes concentraron unánimemente su mirada en el mismo punto.
Aquello que una vez fue un hombre, tenía uno de sus ojos atravesado por un lápiz de colores. Su expresión era la de un arlequín que según como se mire llora o ríe. Era una mueca que no se olvida y menos si se trata de un cadáver en un aula para infantes.
Carter se dirigió a Ana.
─ ¿Con qué coño afilarán los lápices aquí?
Ana hizo como que no le escuchaba, no era momento de ser irónico, era momento de ser adulto responsable o al menos adulto profesional.
─ Carter voy a buscar huellas, tu intenta tranquilizar a esos padres.
Acababa de volver al cuerpo y ya estaba recibiendo órdenes, eso no le gustaba pero que coño, odiaba los cadáveres.
El trabajaba solo y su presencia no le era cómoda, le provocaba inseguridad.
Ambos se estrecharon las manos. Lo corriente sería dos besos en la mejilla pero una barrera infranqueable hacía que la presentación fuera formal, algo estrictamente profesional.
─ Hola, me llamo Ana Molina.
─ Yo soy Carter… Juan Carter. Tú puedes llamarme Carter.
─ He oído hablar mucho de ti, no se puede decir que tengas muy buena fama por aquí.
─ Ya, bueno. El jefe dijo que me informarías, ¿oye sabes llegar?, ¿te importaría llevarme? No te lo tomes a mal pero no me gusta hablar de mí.
─ Claro, vamos.
Ana intentaba con todas sus fuerzas ser cordial. “Así que éste o mas bien esto era el legendario Carter”. Se lo imaginaba mas guapo, mas alto incluso.
Sabía que no seria fácil intimar con él, era un hombre por lo que decían muy misterioso.
Su aspecto, por otro lado dejaba bastante que desear: tenía grandes ojeras, la ropa llena de arrugas y una barba incipiente de tres días (o incluso más).
El escenario del crimen era una orgía de flashs e incomprensión. Había demasiada gente preguntándose el porqué y el cómo.
La entrada de Ana y Carter fue ante todo, inadvertida.
─ ¿Quién demonios esta al mando? ─ dijo Carter.
─ Nadie respondió.
Aquello hacia pensar que la ingente masa de personas correteando histéricos de un lado a otro no eran mas que civiles. Era como una discoteca en su hora punta.
No había cosa que Carter odiara más que el desorden de personas arremolinadas. No había cosa que Carter odiara más que las discotecas.
─ Bien, si quieres ayudarme empieza por sacar a todos estos gilipollas de aquí ─ dijo dirigiéndose a Ana, servil respondió ─ de acuerdo ─.
─ Ah y otra cosa, quiero que vallen esto. No quiero ver aquí a nadie que no tenga placa.
En ese momento, un policía se acercó a Carter.
─ Lo lamento, no hemos podido evitar que se corriera la voz.
─ Comprendo. ¿Quienes son estos? ─ dijo despectivamente, señalando al reguero de hombres ahora reconducidos por Ana ─.
─ Padres y profesores. Acompáñenme, la policía científica ya esta de camino.
─ Bien, lléveme al pastel.
Mientras caminaba, Carter giró media cabeza y gritó: “Molina, tu ocúpate de lo dicho, luego te cuento”.
No pudo evitar sonreír. Ana lo miró con animadversión y pensó: ¿Quién se cree que es para darme órdenes?
Por primera vez en mucho tiempo, Carter volvía a sentirse seguro de sí mismo, le gustaba aquella sensación. Si, le gustaba mucho.
─ Agente Carter ─ dijo el que consideraba el oficial de mayor rango en aquella aula mientras le ofrecía la mano ─ acaban de informarnos de su llegada.
Carter estrechó su mano de forma autómata, ni muy débil ni muy fuerte y siempre mirando a los ojos tal y como le enseñó su padre.
─ ¿Puedo preguntarle dónde está su compañera?
─ Está intentando arreglar todo este barullo. ¿Por qué coño no han vallado esto?
Carter miró a su alrededor mientras esperaba la respuesta. Aquello estaba mas tranquilo, era una clase destinada a niños mas bien pequeños, había pinturas de cera y acuarelas así como los típicos juguetes pedagógicos con colores y ruidos.
─ Le sorprendería saber la influencia que tienen muchos de los padres. Los guardas dejaron correr la voz y ya vio el gallinero que se formó. Ahora, tendremos suerte si esto no se filtra a la prensa.
─ Ya… y bien ¿dónde está el muerto?
El policía surcó un medio círculo con su brazo a modo de torero invitando a Carter a observar el cadáver. Lo cierto, es que no era muy llamativo, en cualquier telediario matutino habría más violencia, aparentemente…
Se trataba de un hombre de mediana edad, tumbado boca abajo sobre una mesa redonda. Los signos de violencia se adivinaban por los folios teñidos de rojo adyacentes a su rostro. La pregunta de Carter era inevitable.
─ ¿De que murió exactamente?
─ Aun no lo sabemos, no podemos tocarlo hasta que llegue la científica.
Carter lo miró con desaprobación, en una de esas miradas que el mismo calificaría como atraviesa-almas. Intuyó que aquel policía no habría visto muchos cadáveres y que en su vida profesional esta mas acostumbrado a poner multas y soplarle al silbato.
La mirada atraviesa-almas para Carter era su principal baza para conocer a otro ser humano y confiaba más en ella que en los manuales.
─ ¿Ocurre algo agente? ─ dijo el policía ligeramente azorado ante el peso continuado de los ojos de Carter ─.
─ No, nada, nada. ¿Por qué no se relaja y va a tomarse un café? ─ dijo enfundándose los guantes de látex ─ y de paso me trae a mi uno, solo y con azúcar.
Ana llegaba ya. En el momento oportuno mientras el policía se iba a por el café, su equipo se quedó aturdido. ¡Qué carajo! pensó el hombre. El manda más, que se ocupe entonces él.
La miraba a través de la estela de polvos de talco, ciertamente era guapa.
─ Molina, será mejor que se ponga los guantes ─ sentenció Carter.
Ana asintió. Ambos se acercaron al cadáver.
─ Bueno, usted es la experta… no se corte.
Inmersa en su quehacer, no se molestó en contestar. Agarró con sumo cuidado la espesa cabellera del muerto y levantó su cabeza. Carter se acuclilló para examinar el rostro.
─ ¡Joder! ─ dijo mientras retrocedía sobresaltado, cayéndose sobre si.
El aula quedó en silencio unos segundos pero parecieron eternos. Los pocos allí presentes concentraron unánimemente su mirada en el mismo punto.
Aquello que una vez fue un hombre, tenía uno de sus ojos atravesado por un lápiz de colores. Su expresión era la de un arlequín que según como se mire llora o ríe. Era una mueca que no se olvida y menos si se trata de un cadáver en un aula para infantes.
Carter se dirigió a Ana.
─ ¿Con qué coño afilarán los lápices aquí?
Ana hizo como que no le escuchaba, no era momento de ser irónico, era momento de ser adulto responsable o al menos adulto profesional.
─ Carter voy a buscar huellas, tu intenta tranquilizar a esos padres.
Acababa de volver al cuerpo y ya estaba recibiendo órdenes, eso no le gustaba pero que coño, odiaba los cadáveres.
DESCENSO III
Carter dispuso un aula para interrogar a los cuarenta y un críos, “protocolo” se dijo para si.
─ Bien agente, establezca una cola aquí y hágalos pasar uno a uno.
─ ¿Se los paso por nombre de lista?
─ Vera, es algo que no había pensado… hágalos pasar de mas bajitos a mas altos, si le gusta mas.
El agente enrojeció ante la ironía. Sentado en la mesa, se dijo: “parezco un puto profesor”.
El aula fue acomodada ligeramente separando los pupitres para crear un pasillo, por el que fueron pasando los niños.
─ Probando, probando. Aquí carter, uno, dos, tres…
El sonido se reproducía fidedignamente en la grabadora. A un lado la lista de la clase de Blanca, al otro lado la grabadora y un cuaderno de notas.
─ ¡Que pase el primero! ─ gritó Carter.
Pasaron unos segundos, nada, Carter encendió un pitillo, no había cenicero pero no le importaba.
─ Que pase el primero, joder ─ gritó mucho más alto esta vez.
Un chiquillo en pantalones cortos entró en la sala, moviéndose torpe y asustado por el estrecho pasillo de los pupitres.
─ Siéntate aquí ─ dijo amable.
El niño obedeció mirando a ese adulto raro que echaba humo.
─ ¿Te llamas Mariano Pérez, no?
─ ¡No! ─ respondió. Tenía ganas de gritar y aclamar a su madre.
Pasaron los segundos.
─ Verás pequeño, cuanto antes acabemos antes podrás ir a jugar o sacarte los mocos, así que vamos.
Aspiró una fuerte bocanada. Puso de nuevo el ON en la grabadora.
─ Testigo: Mariano Val Pérez, alumno de preescolar del colegio San Francisco de Asís, aula…
Unos tacones sonaron. Ana entró de sopetón y furiosa.
─ Carter, ¿se puede saber qué estás haciendo?
─ Interrogando a los críos, no te avisé porque no tengo tiempo de jugar a poli bueno, poli mal. Ahora si me disculpas…
─ ¡No puedes interrogarles! No sabes sus derechos, no tienes ninguna autoridad.
─ Hay que joderse…
El niño miró a ambos adultos con los ojos enrojecidos.
─ ¡Tonterías!, no saben leer. A ver, señor Pérez, le voy a decir sus derechos: tiene derecho a permanecer en silencio, a un abogado…¡qué coño!La orina del pobre Mariano salió primero como un ligero goteo, luego el esfínter se relajó y salió a chorros. Ana, maternal, fue a aliviarle. Miró a Carter muy severo.
El niño no pudo más y rompió a llorar. Carter pensó: “pero, ¿qué he hecho?”.
Tras cambiar los pantalones y las pautas básicas para adaptarlas a sujetos de goma y lápiz, salieron con el informe. El oficial sonrió.
─ ¿Han sacado algo en claro?
─ Sí, la plastilina rosa es mejor, porque sabe a fresa.
Ana golpeó a Carter en el hombro. Ambos se alejaban por el pasillo, pero Carter se distanció. El agente que estuvo pendiente le dijo a Ana:
─ No le haga caso señora, sólo está en baja forma.
Ana sintió sus palabras, pero remató con un gesto frío. Y siguió la estela de su compañero.
Sacó su maletín de forense, necesitaba ayudante pero parecía inmersa e impaciente. Carter la miraba mientras fumaba jugando con su cigarro. De niño siempre le había gustado la forma de fumar de Cary Grant (parecía tan varonil), siempre que fumaba y creía ser observado adoptaba el rol de Cary Grant o al menos lo intentaba.
─ De acuerdo Molina. Oye, si encuentras algo házmelo saber.
La masa de padres parecía agrandarse o tal vez fuera el hecho de que estaban más nerviosos y no paraban quietos. Los agentes estiraban sus brazos intentando franquear aquella gran ola de cabezas preocupadas. Carter se aproximaba.
─ Disculpe aquí no se puede fumar, esto es un colegio.
─ Ya… pero ahora no hay niños ─ dijo excesivamente seguro de sí y tragando el humo.
─ Le ruego que apague el cigarro.
Carter no le dejó terminar.
─ Escucha chico. Tengo una resaca de cojones y lo que mas me molesta son los gritos de histéricas, así que el que ruega soy yo ─ dijo echando el humo.
─ ¿Qué quiere decir señor?
─ Pues esta claro, que se callen o a la puta calle ─ dijo señalando a la puerta.
Un policía se acercaba dando zancadas.
─ Señor he de informarle de algo.
─ Usted dirá ─ dijo al mismo tiempo que expulsaba humo.
─ ¿Es usted el investigador, no?
─ Así es.
─ ¡Tenemos un testigo!
Aquello cambiaba el rumbo de todo; “joder” pensó Carter, al final tendría suerte y todo.
─ Un testigo, ¿por qué no se me ha dicho antes?, ¿dónde esta?
─ Vera, hay un pequeño problema…
─ Déjese de ostias, ¿dónde esta?
─ El testigo es un niño. Antes de que pueda siquiera acercarse o interrogarle ha de venir un agente social.
Ana seguía ajena al dialogo. Solo agudizó los oídos para las palabras “testigo” y “niño”. De todas formas, prefería dejarle a su compañero la parte de trabajo que tuviera que ver con los vivos.
─ Un niño… vaya…
A fin de cuentas el escenario del crimen estaba en un colegio y eso esta lleno de niños. De todas formas era lo último que Carter esperaba oír.
Empezó a caminar y en su mente se vio a si mismo como el protagonista de aquella película de Harrison Ford, en la que un niño lo ve todo… No, demasiado exagerado incluso con un muerto atravesado por un lápiz de colores.
─ Bien, ¿dónde está?
─ Está en estado de shock. Lo tenemos en el aula adyacente, nos pareció prudente mantenerlo al margen de padres por ahora.
─ Si, tiene razón. Iré a verlo. ¿Ve a mi compañera? Es aquella cachonda que le mete la mano al pintor… dígale lo que me ha dicho, ¿ok?
Sin esperar respuesta y con actitud demasiado prepotente incluso para él, Carter se dirigió a la clase de al lado paso a paso y asegurándose de que su abrigo largo seguía las pautas de sus movimientos.
─ Bien agente, establezca una cola aquí y hágalos pasar uno a uno.
─ ¿Se los paso por nombre de lista?
─ Vera, es algo que no había pensado… hágalos pasar de mas bajitos a mas altos, si le gusta mas.
El agente enrojeció ante la ironía. Sentado en la mesa, se dijo: “parezco un puto profesor”.
El aula fue acomodada ligeramente separando los pupitres para crear un pasillo, por el que fueron pasando los niños.
─ Probando, probando. Aquí carter, uno, dos, tres…
El sonido se reproducía fidedignamente en la grabadora. A un lado la lista de la clase de Blanca, al otro lado la grabadora y un cuaderno de notas.
─ ¡Que pase el primero! ─ gritó Carter.
Pasaron unos segundos, nada, Carter encendió un pitillo, no había cenicero pero no le importaba.
─ Que pase el primero, joder ─ gritó mucho más alto esta vez.
Un chiquillo en pantalones cortos entró en la sala, moviéndose torpe y asustado por el estrecho pasillo de los pupitres.
─ Siéntate aquí ─ dijo amable.
El niño obedeció mirando a ese adulto raro que echaba humo.
─ ¿Te llamas Mariano Pérez, no?
─ ¡No! ─ respondió. Tenía ganas de gritar y aclamar a su madre.
Pasaron los segundos.
─ Verás pequeño, cuanto antes acabemos antes podrás ir a jugar o sacarte los mocos, así que vamos.
Aspiró una fuerte bocanada. Puso de nuevo el ON en la grabadora.
─ Testigo: Mariano Val Pérez, alumno de preescolar del colegio San Francisco de Asís, aula…
Unos tacones sonaron. Ana entró de sopetón y furiosa.
─ Carter, ¿se puede saber qué estás haciendo?
─ Interrogando a los críos, no te avisé porque no tengo tiempo de jugar a poli bueno, poli mal. Ahora si me disculpas…
─ ¡No puedes interrogarles! No sabes sus derechos, no tienes ninguna autoridad.
─ Hay que joderse…
El niño miró a ambos adultos con los ojos enrojecidos.
─ ¡Tonterías!, no saben leer. A ver, señor Pérez, le voy a decir sus derechos: tiene derecho a permanecer en silencio, a un abogado…¡qué coño!La orina del pobre Mariano salió primero como un ligero goteo, luego el esfínter se relajó y salió a chorros. Ana, maternal, fue a aliviarle. Miró a Carter muy severo.
El niño no pudo más y rompió a llorar. Carter pensó: “pero, ¿qué he hecho?”.
Tras cambiar los pantalones y las pautas básicas para adaptarlas a sujetos de goma y lápiz, salieron con el informe. El oficial sonrió.
─ ¿Han sacado algo en claro?
─ Sí, la plastilina rosa es mejor, porque sabe a fresa.
Ana golpeó a Carter en el hombro. Ambos se alejaban por el pasillo, pero Carter se distanció. El agente que estuvo pendiente le dijo a Ana:
─ No le haga caso señora, sólo está en baja forma.
Ana sintió sus palabras, pero remató con un gesto frío. Y siguió la estela de su compañero.
Sacó su maletín de forense, necesitaba ayudante pero parecía inmersa e impaciente. Carter la miraba mientras fumaba jugando con su cigarro. De niño siempre le había gustado la forma de fumar de Cary Grant (parecía tan varonil), siempre que fumaba y creía ser observado adoptaba el rol de Cary Grant o al menos lo intentaba.
─ De acuerdo Molina. Oye, si encuentras algo házmelo saber.
La masa de padres parecía agrandarse o tal vez fuera el hecho de que estaban más nerviosos y no paraban quietos. Los agentes estiraban sus brazos intentando franquear aquella gran ola de cabezas preocupadas. Carter se aproximaba.
─ Disculpe aquí no se puede fumar, esto es un colegio.
─ Ya… pero ahora no hay niños ─ dijo excesivamente seguro de sí y tragando el humo.
─ Le ruego que apague el cigarro.
Carter no le dejó terminar.
─ Escucha chico. Tengo una resaca de cojones y lo que mas me molesta son los gritos de histéricas, así que el que ruega soy yo ─ dijo echando el humo.
─ ¿Qué quiere decir señor?
─ Pues esta claro, que se callen o a la puta calle ─ dijo señalando a la puerta.
Un policía se acercaba dando zancadas.
─ Señor he de informarle de algo.
─ Usted dirá ─ dijo al mismo tiempo que expulsaba humo.
─ ¿Es usted el investigador, no?
─ Así es.
─ ¡Tenemos un testigo!
Aquello cambiaba el rumbo de todo; “joder” pensó Carter, al final tendría suerte y todo.
─ Un testigo, ¿por qué no se me ha dicho antes?, ¿dónde esta?
─ Vera, hay un pequeño problema…
─ Déjese de ostias, ¿dónde esta?
─ El testigo es un niño. Antes de que pueda siquiera acercarse o interrogarle ha de venir un agente social.
Ana seguía ajena al dialogo. Solo agudizó los oídos para las palabras “testigo” y “niño”. De todas formas, prefería dejarle a su compañero la parte de trabajo que tuviera que ver con los vivos.
─ Un niño… vaya…
A fin de cuentas el escenario del crimen estaba en un colegio y eso esta lleno de niños. De todas formas era lo último que Carter esperaba oír.
Empezó a caminar y en su mente se vio a si mismo como el protagonista de aquella película de Harrison Ford, en la que un niño lo ve todo… No, demasiado exagerado incluso con un muerto atravesado por un lápiz de colores.
─ Bien, ¿dónde está?
─ Está en estado de shock. Lo tenemos en el aula adyacente, nos pareció prudente mantenerlo al margen de padres por ahora.
─ Si, tiene razón. Iré a verlo. ¿Ve a mi compañera? Es aquella cachonda que le mete la mano al pintor… dígale lo que me ha dicho, ¿ok?
Sin esperar respuesta y con actitud demasiado prepotente incluso para él, Carter se dirigió a la clase de al lado paso a paso y asegurándose de que su abrigo largo seguía las pautas de sus movimientos.
DESCENSO IV
En una terraza del café-bar Minotauro en el barrio de Salamanca, Dante esperaba impaciente.
Sus manos acariciaban una y otra vez la taza de aquel delicioso y caro café. Parecía estar solo, aunque lo cierto es que era vigilado por francotiradores apostados por las azoteas cercanas, que no dudarían en disparar a bocajarro si Dante era amenazado. No solía haber trampas en su negocio pero cualquiera sabe.
De vez en cuando miraba al cielo para asegurarse y levemente afirmaba a modo de saludo con su cabeza.
Un Mercedes negro con cristales ahumados entró en escena. Aquel debía ser el comprador.
Dante agarró con firmeza sus Ray-Ban de mil euros y descubrió su rostro.
Un hombre salió del Mercedes, iba excesivamente trajeado y no dejaba de mirar alrededor del café-bar, desconfiado. Un agitar de su mano, hizo que el coche se marchara como llegó, rápido y discreto.
Dante se levantó e hizo aquel gesto tan burgués de plancharse la corbata sobre el torso.
Odiaba este tipo de gestos, pero le daba seguridad.
Bien, sin duda aquel era el comprador. Un apretón de manos cercioró las indagas.
─ Bienvenido, mi nombre es Dante. ¿Puedo invitarle a que se siente?
Dante esperó a que se sentara para imitarle no sin antes ponerse de nuevo las gafas de sol. Los negocios son los negocios y es bueno que el enemigo no te descubra los ojos.
─ Bueno, como ya sabrá, represento a la compañía y en nuestros trámites yo intercederé en nombre de la cúpula pero sus intereses son solo de ellos, ¿comprende esto?
El comprador afirmó con la cabeza mientras se secaba la frente con un pañuelo. El camarero se acercó.
─ Buenos días, caballeros, ¿qué van a tomar?
─ Whisky Wallace con hielo y en vaso grande ─ dijo el comprador ansioso.
─ A mi póngame otro café solo y una botella de Evian.
El camarero tomó nota y se retiró.
─ Bien, una vez comprendido mi papel como intercesor vayamos directos a los negocios, ¿le parece?
El comprador volvió a afirmar gestualmente con la cabeza sin pronunciar palabra.
─ Esta es su primera operación con la compañía, ¿me equivoco?
─ No. Esta en lo cierto.
Dante sacó su estilográfica recolchada en suave piel de Galuchat (un tejido importado de Japón que hace ya muchos años servía para recubrir las espadas samuráis). Se sentía importante con aquella pluma. Se aseguró de que el comprador la viera bien cuando hizo el ritual de abertura de carcasa.
Puede que aquel hombrecillo tuviera dinero pero, ¿acaso tenia estilo? Seguro que no.
Dante es aquel tipo de hombre que muchos definirían como nuevo-rico, alguien con orígenes excesivamente humildes que carecía de las maneras o modales.
Eso no debería ser malo pero a él, pero le atormentaba. No quería que nadie supiera de donde venía y lo que tuvo que hacer para llegar a donde esta.
─ Bien, su primera vez. ¿Puedo preguntarle su nombre? La compañía es muy discreta con sus clientes a no ser que halla problemas claro, de cual forma puede darme un pseudónimo si así se siente mas seguro.
─ Dietrich. Simón Dietrich ─ dijo suspirando.
Dante apuntaba metódicamente el nombre Dietrich. Mientras lo hacía, se aseguraba de pronunciar cada silaba pausadamente, casi deletreándolo. Con ello se cercioraba de que los hombres al otro lado de su micrófono alfiler F-BIRD registraran el nombre en la base de datos. Si el nombre era cierto y no un alias, sus socios dispondrían de información que ni el mismo señor Dietrich conoce de sí mismo.
─ Bien señor Dietrich, ¿cómo supo de la compañía?
─ Si bueno en…
El camarero interrumpe y se disculpa con un “aquí tienen” mientras coloca cuidadosamente lo solicitado. Dietrich apuró el vaso nervioso. Cuando volvió a dejarlo sobre la mesa el tintineo del hielo confirmó su malestar. Se preguntaba: “¿Qué diablos hago yo aquí?”.
Dante observaba divertido. Con mucha calma extrajo del bolsillo lateral de su americana un fajo de billetes verdes.
─ Quédese el cambio ─ le dijo al camarero para asegurarse de que se retiraba rápido
─ Bien, señor Dietrich, me comentaba como supo de la compañía…
─ Fue en una fiesta ─ dio otro sorbo largo de Wallace ─ los… ¿perdone, puedo decir nombres?
Dante negó con la cabeza.
─ Es mejor que se abstenga. No es que tenga mucha importancia pero como ya le he dicho la compañía es muy discreta.
─ Bien pues en aquella fiesta, había un cuadro, era una acuarela. Era muy simple pero a la vez muy hermosa.
Dante escuchaba atento, asintiendo de vez en cuando con la cabeza. Sabía perfectamente lo que iba a decir, pero le gustaba hacerse el interesante.
─ El caso, es que aquel cuadro ocupaba el lugar de honor en una colección asombrosa de Goya.
Dante interrumpió.
─ Señor Dietrich, ¿qué tal si vamos directos al grano? Creo que es usted un hombre de gusto exquisito. Lo noto.
Dante se quitó de nuevo las gafas y se puso a morder una de las patillas. Había hecho ese discurso muchas veces.
─ Ya ve, es un don que tengo, juzgo inmediatamente a las personas y no me suelo equivocar. Sr. Dietrich, yo sé lo que quiere y se lo puedo dar.
Simón Dietrich suspiró aliviado, era como si le quitasen el gran peso de tener que decir algo que no quería.
─ Eso si, no le voy a engañar, le va a resultar costoso.
─ El dinero no es importante.
Dante señalaba al Sr. Dietrich con el dedo corazón reiteradamente.
─ Ya se lo decía yo, usted es uno de esos hombres de gusto impecable al que no le importa pagar un poco por conservar su grandeza.
Simón se azoró ligeramente.
─ De acuerdo, déjeme adivinarlo. Estamos en Madrid que es casi la casa de Goya y apostaría algo a que usted busca algo del Prado. ¿Tal vez Saturno devorando a su hijo?
Dietrich miraba boquiabierto y apuró el resto de su copa.
─ No se preocupe, déjelo en mis manos, tenemos los mejores falsificadores y la mejor tecnología, ni el propio Goya notaría el cambio ─ sonrió divertido. ─ Lo copiamos, lo sustituimos por el original y voilà ya tiene un Goya para presumir en casa.
Simón seguía desconcertado sin decir nada.
─ He de consultarlo, pero creo que “Saturno devorando a su hijo” permanece original en el museo.
Dietrich miró a Dante extrañado.
─ Es eso lo que busca, ¿no?
Dietrich negó.
─ Lo que quiero es el otro cuadro, la acuarela.
Ahora quien se sentía azorado era Dante. Esto no le solía pasar, ¿qué coño quería este tío? Por Dios le estaba ofreciendo un Goya auténtico y quería una acuarela.
Mientras pensaba en esto, Dante recibió una voz en el interfono de su oreja.
─ Dante escucha, hemos comprobado la ficha de este tío y creemos que lo que quiere es un 1.9; repito un 1.9.
Dante miró fijamente a Simón Dietrich. El pedazo cabrón quería un 1.9. Aún no había vendido uno de ellos pero, ¿acaso este hombrecillo podía permitirse un 1.9?
Dante hablaba ahora a su corbata: “recibido, preparadlo todo, nos vamos”.
Miró fríamente a Dietrich mientras le invitaba con su mano a permanecer sentado.
─ Nos pondremos en contacto con usted.
Sus manos acariciaban una y otra vez la taza de aquel delicioso y caro café. Parecía estar solo, aunque lo cierto es que era vigilado por francotiradores apostados por las azoteas cercanas, que no dudarían en disparar a bocajarro si Dante era amenazado. No solía haber trampas en su negocio pero cualquiera sabe.
De vez en cuando miraba al cielo para asegurarse y levemente afirmaba a modo de saludo con su cabeza.
Un Mercedes negro con cristales ahumados entró en escena. Aquel debía ser el comprador.
Dante agarró con firmeza sus Ray-Ban de mil euros y descubrió su rostro.
Un hombre salió del Mercedes, iba excesivamente trajeado y no dejaba de mirar alrededor del café-bar, desconfiado. Un agitar de su mano, hizo que el coche se marchara como llegó, rápido y discreto.
Dante se levantó e hizo aquel gesto tan burgués de plancharse la corbata sobre el torso.
Odiaba este tipo de gestos, pero le daba seguridad.
Bien, sin duda aquel era el comprador. Un apretón de manos cercioró las indagas.
─ Bienvenido, mi nombre es Dante. ¿Puedo invitarle a que se siente?
Dante esperó a que se sentara para imitarle no sin antes ponerse de nuevo las gafas de sol. Los negocios son los negocios y es bueno que el enemigo no te descubra los ojos.
─ Bueno, como ya sabrá, represento a la compañía y en nuestros trámites yo intercederé en nombre de la cúpula pero sus intereses son solo de ellos, ¿comprende esto?
El comprador afirmó con la cabeza mientras se secaba la frente con un pañuelo. El camarero se acercó.
─ Buenos días, caballeros, ¿qué van a tomar?
─ Whisky Wallace con hielo y en vaso grande ─ dijo el comprador ansioso.
─ A mi póngame otro café solo y una botella de Evian.
El camarero tomó nota y se retiró.
─ Bien, una vez comprendido mi papel como intercesor vayamos directos a los negocios, ¿le parece?
El comprador volvió a afirmar gestualmente con la cabeza sin pronunciar palabra.
─ Esta es su primera operación con la compañía, ¿me equivoco?
─ No. Esta en lo cierto.
Dante sacó su estilográfica recolchada en suave piel de Galuchat (un tejido importado de Japón que hace ya muchos años servía para recubrir las espadas samuráis). Se sentía importante con aquella pluma. Se aseguró de que el comprador la viera bien cuando hizo el ritual de abertura de carcasa.
Puede que aquel hombrecillo tuviera dinero pero, ¿acaso tenia estilo? Seguro que no.
Dante es aquel tipo de hombre que muchos definirían como nuevo-rico, alguien con orígenes excesivamente humildes que carecía de las maneras o modales.
Eso no debería ser malo pero a él, pero le atormentaba. No quería que nadie supiera de donde venía y lo que tuvo que hacer para llegar a donde esta.
─ Bien, su primera vez. ¿Puedo preguntarle su nombre? La compañía es muy discreta con sus clientes a no ser que halla problemas claro, de cual forma puede darme un pseudónimo si así se siente mas seguro.
─ Dietrich. Simón Dietrich ─ dijo suspirando.
Dante apuntaba metódicamente el nombre Dietrich. Mientras lo hacía, se aseguraba de pronunciar cada silaba pausadamente, casi deletreándolo. Con ello se cercioraba de que los hombres al otro lado de su micrófono alfiler F-BIRD registraran el nombre en la base de datos. Si el nombre era cierto y no un alias, sus socios dispondrían de información que ni el mismo señor Dietrich conoce de sí mismo.
─ Bien señor Dietrich, ¿cómo supo de la compañía?
─ Si bueno en…
El camarero interrumpe y se disculpa con un “aquí tienen” mientras coloca cuidadosamente lo solicitado. Dietrich apuró el vaso nervioso. Cuando volvió a dejarlo sobre la mesa el tintineo del hielo confirmó su malestar. Se preguntaba: “¿Qué diablos hago yo aquí?”.
Dante observaba divertido. Con mucha calma extrajo del bolsillo lateral de su americana un fajo de billetes verdes.
─ Quédese el cambio ─ le dijo al camarero para asegurarse de que se retiraba rápido
─ Bien, señor Dietrich, me comentaba como supo de la compañía…
─ Fue en una fiesta ─ dio otro sorbo largo de Wallace ─ los… ¿perdone, puedo decir nombres?
Dante negó con la cabeza.
─ Es mejor que se abstenga. No es que tenga mucha importancia pero como ya le he dicho la compañía es muy discreta.
─ Bien pues en aquella fiesta, había un cuadro, era una acuarela. Era muy simple pero a la vez muy hermosa.
Dante escuchaba atento, asintiendo de vez en cuando con la cabeza. Sabía perfectamente lo que iba a decir, pero le gustaba hacerse el interesante.
─ El caso, es que aquel cuadro ocupaba el lugar de honor en una colección asombrosa de Goya.
Dante interrumpió.
─ Señor Dietrich, ¿qué tal si vamos directos al grano? Creo que es usted un hombre de gusto exquisito. Lo noto.
Dante se quitó de nuevo las gafas y se puso a morder una de las patillas. Había hecho ese discurso muchas veces.
─ Ya ve, es un don que tengo, juzgo inmediatamente a las personas y no me suelo equivocar. Sr. Dietrich, yo sé lo que quiere y se lo puedo dar.
Simón Dietrich suspiró aliviado, era como si le quitasen el gran peso de tener que decir algo que no quería.
─ Eso si, no le voy a engañar, le va a resultar costoso.
─ El dinero no es importante.
Dante señalaba al Sr. Dietrich con el dedo corazón reiteradamente.
─ Ya se lo decía yo, usted es uno de esos hombres de gusto impecable al que no le importa pagar un poco por conservar su grandeza.
Simón se azoró ligeramente.
─ De acuerdo, déjeme adivinarlo. Estamos en Madrid que es casi la casa de Goya y apostaría algo a que usted busca algo del Prado. ¿Tal vez Saturno devorando a su hijo?
Dietrich miraba boquiabierto y apuró el resto de su copa.
─ No se preocupe, déjelo en mis manos, tenemos los mejores falsificadores y la mejor tecnología, ni el propio Goya notaría el cambio ─ sonrió divertido. ─ Lo copiamos, lo sustituimos por el original y voilà ya tiene un Goya para presumir en casa.
Simón seguía desconcertado sin decir nada.
─ He de consultarlo, pero creo que “Saturno devorando a su hijo” permanece original en el museo.
Dietrich miró a Dante extrañado.
─ Es eso lo que busca, ¿no?
Dietrich negó.
─ Lo que quiero es el otro cuadro, la acuarela.
Ahora quien se sentía azorado era Dante. Esto no le solía pasar, ¿qué coño quería este tío? Por Dios le estaba ofreciendo un Goya auténtico y quería una acuarela.
Mientras pensaba en esto, Dante recibió una voz en el interfono de su oreja.
─ Dante escucha, hemos comprobado la ficha de este tío y creemos que lo que quiere es un 1.9; repito un 1.9.
Dante miró fijamente a Simón Dietrich. El pedazo cabrón quería un 1.9. Aún no había vendido uno de ellos pero, ¿acaso este hombrecillo podía permitirse un 1.9?
Dante hablaba ahora a su corbata: “recibido, preparadlo todo, nos vamos”.
Miró fríamente a Dietrich mientras le invitaba con su mano a permanecer sentado.
─ Nos pondremos en contacto con usted.
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